La violencia hacia la mujer constituye una pandemia mundial que atraviesa etnias, razas, clases sociales, religiones, niveles educativos y fronteras internacionales; esta lamentable situación es reconocida casi sin cuestionamientos por las organizaciones internacionales y los gobiernos, motivando la implementación de políticas y acciones adecuadas para prevenir, sancionar y erradicar ese flagelo social.
La situación de subordinación social de las mujeres, rémora de la cultura patriarcal, aún subsiste pese a los importantes avances producidos en las últimas décadas. La Organización de las Naciones Unidas, año 1993 consideró que "La violencia de género es todo acto de violencia que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o sicológico para la mujer, inclusive las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad, tanto si se producen en la vida pública o en la privada". Según la Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer de Belén Do Pará, año 1994, "La violencia contra la mujer es toda acción o conducta, basada en su género, que cause muerte, daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico a la mujer, tanto en el ámbito público como privado".
La experiencia y las estadísticas nos señalan que las víctimas de este flagelo personal y social son mayoritariamente las mujeres y los niños, sin que esto signifique minimizar o desconocer otras formas y víctimas de violencia. La dificultad para la comprensión y el reconocimiento de esta pandemia radica en dos procesos básicos: el de naturalización y de invisibilización. Muchas mujeres se han educado con modelos culturales que no les permiten tener conciencia de su condición de sojuzgamiento o victimización, porque consideran natural la desvalorización a las mujeres.¬ Históricamente a la mujer se la ignoró, como si no existiera o se le asignó un lugar inferior y secundario.
Los pensadores clásicos griegos exaltaban el androcentrismo. Pitágoras, en el siglo V antes de Cristo afirmaba que" ...hay un principio bueno que ha creado la luz, el orden y el hombre, y un principio malo que ha creado el caos, la tiniebla y la mujer". La Patrística de la Iglesia coloca a la mujer en una situación de desvalorización ética, antropológica e inmanente, al margen de la vida pública y sometida al padre, marido o convento. En la Suma Teológica, Santo Tomás explica la imposibilidad de la mujer para ser sacerdote por el estado de sumisión ya que por su naturaleza debía estar sujeta al hombre, por su dependencia la varón no podía "significar una dignidad eminente". Esa inferioridad está justificada, según Santo Tomás en que "la imagen de Dios se encuentra en el hombre de forma que no se verifica en la mujer". Fue necesario esperar hasta el Concilio de Trento, en el siglo XVI, para que se reconociera a la mujer como persona dotada de alma como el varón. Fue el Papa Juan Pablo II, antecesor del actual Papa el que pontificó la igualdad de ambos sexos en Carta a las Mujeres, 7, expresa: "La mujer es el complemento del varón, como el varón es el complemento de la mujer; mujer y varón son complementarios... ".
La violencia doméstica es la primera causa en el mundo de muerte o invalidez permanente entre mujeres adultas; es más letal que el cáncer, los accidentes de tránsito o la guerra. Los efectos devastadores de la violencia pueden cuantificarse aproximadamente: la violencia causa la pérdida de uno de cada cinco días de vida saludables de las mujeres en edad reproductiva y produce el aumento por esta causa en los costos de salud y laborales de las empresas y de los gobiernos. Los hijos de madres golpeadas tienen tres veces más probabilidades de requerir atención médica y un 63% de niños expuestos a violencia familiar repetirá, por lo menos, un grado escolar y un alto porcentaje no finalizarán sus estudios elementales para poder insertarse en el ámbito laboral.
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