“Con frecuencia se confunde sexo y género, a pesar de que -si bien el sexo determina el género- ambos conceptos tienen significado distinto”, asegura la doctora Hebe Luz Ávila de su ensayo denominado Iguales en derecho, desiguales de hecho, premiado en la Universidad Nacional de Tucumán. En el marco del Día de la Mujer, EL LIBERAL dialogó con Ávila para desarrollar esta temática.
“El sexo se refiere a las diferencias físicas, biológicas y corporales entre varón y hembra. Esto incluye la diversidad evidente de sus órganos genitales externos e internos, las particularidades endocrinas que las sustentan, y las diferencias relativas a la función de la procreación. Son naturales y esencialmente inmodificables”, explica.
En ese sentido, Ávila aclara que “el género es un concepto cultural, una construcción de significados, donde se agrupan todos los aspectos psicológicos, sociales y culturales de feminidad/ masculinidad. Son históricas, se van transformando con y en el tiempo y, por tanto, son modificables: la acción de la sociedad es definitiva para su aprendizaje y desarrollo”.
Los roles de género son comportamientos aprendidos en un grupo social determinado, que hacen que sus miembros perciban como masculinas o femeninas ciertas actividades, tareas y responsabilidades y las jerarquicen y valoricen de manera diferenciada. “De esta manera, la constante asignación social de funciones y actividades a varones y mujeres naturaliza los atributos de género, lo que lleva a sostener que existe una relación determinante entre el sexo de una persona y su capacidad para realizar una tarea”, explica al respecto.
La profesional describe que la maternidad fue la primera razón que estableció la permanencia de la mujer en el hogar y el desempeño de actividades en el ámbito privado. “Sobre esta realidad se cimentaron argumentos que colocaron en posiciones completamente diferentes a varones y mujeres y así se consideraron de carácter natural los comportamientos construidos y estipulados por las mismas sociedades para diferenciar a los géneros”.
Pero con el nuevo concepto de trabajo productivo y los acontecimientos históricos determinantes, la mujer debió ocupar nuevos espacios para desenvolverse y, paulatinamente, cuestiones usualmente consideradas como propias del ámbito privado se volvieron asuntos públicos.
Para concluir, Ávila asegura que “a esta altura del desarrollo humano, la igualdad esencial de hombres y mujeres ya resulta indiscutible”. “La racionalidad y el pensamiento no tienen sexo, es decir, que existe una idéntica capacidad de ambos para el discurso racional, para inferir unas verdades de otras, a pesar de la multisecular creencia de la complementariedad de la racionalidad masculina y la emotividad femenina”, finalizó.
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