Lo decíamos hace un año, el análisis de la siniestralidad vial revela un desmesurado involucramiento de los choferes de transporte de pasajeros en siniestros con muertos. Hoy, una seguidilla de tragedias nos lo recuerda.
Puede ser hoy en Buenos Aires, pero también en Jujuy, Santa Fe o La Matanza, por mencionar algunas localidades del país. Abundan los choferes de colectivos y micros conduciendo vehículos viejos, circulando a velocidad excesiva para las condiciones del camino y la preciosa carga que transportan, sentada o de pie, a lo largo de una calle, ruta o autopista, por caminos rectos o sinuosos, de pavimento o ripio.
Frenan y arrancan demasiado rápido. Si es en la gran ciudad, ignoran los semáforos rojos cuando van apurados y desconocen las prioridades de paso de peatones o automovilistas en las intersecciones; cuando no se quedan atravesados en ellas porque los detuvo la congestión, sin importarles la que ellos provocan. Hablan por celular; mandan mensajes, y se olvidan de arrimar al cordón o dejan a sus pasajeros esperando en la parada para ganar el tiempo que les falta.
Lo que les sobra son excusas para estos comportamientos. Que los presionan con los tiempos, que no les pagan extra si llegan más tarde al final del recorrido, que tienen que trabajar demasiadas horas para completar un sueldo que alcance a fin de mes. Éstos son algunos de los argumentos esgrimidos por los choferes. Por su parte, las empresas alegan que no les cierran sus cuentas, a pesar de los subsidios estatales, para mejorar los servicios.
Mientras tanto, un Estado nacional obsecuente con esta situación, les corre los plazos para renovar sus unidades, se hace ojos vista cuando se los ve circular contaminando los pulmones de los ciudadanos con el humo negro de sus motores en mal estado, y rompiendo los tímpanos con sus ruidos.
Los controles parecen ausentes: las infracciones que se les labran son escasísimas (0,5% sobre el total de 2009 en Ciudad de Buenos Aires) y las sanciones concretas son casi inexistentes, ya que “se dice” que los municipios negocian las pocas multas que les labran por sus comportamientos riesgosos en el tránsito ya que si no lo hicieran, argumentan las empresas, no podrían funcionar.
¿Qué tienen en común estas acciones y argumentaciones?
Se privilegian las cuentas, por sobre la vida humana. ¿Son los choferes víctimas de la situación? Sin duda, son víctimas y victimarios. Pero la sociedad toda sufre los terribles perjuicios de esta elección, las cuentas se pagan con vidas humanas. Nada más ni nada menos.
Si alguien se pregunta cómo se soluciona esto, conviene analizar qué se hace en los países modelo en seguridad vial. En estas naciones hoy se sostiene un principio básico: “la vida humana no puede ser moneda de cambio de ningún otro beneficio, llámese éste movilidad, tiempo o rentabilidad”. La movilidad debe ser sustentable, pero no a costa de sacrificios humanos. A partir de este principio, las acciones posibles y necesarias para revertir esta innecesaria siniestralidad son muchas.
Prioritariamente, se deberían reducir las horas laborables de los choferes, asegurando su descanso, liberarlos de toda tarea ajena a la conducción, a la vez que capacitarlos en conducción segura para que actúen como verdaderos profesionales.
Se deberían controlar y cobrar todas las infracciones de tránsito, sin excepción, extendiendo su obligación de pago a las empresas, para que las cuentas de éstas y las de los choferes no cierren si estos son imprudentes o transgresores. Estas medidas tienen un costo económico, sin duda. Pero las vidas que se dañan o se pierden para siempre en el tránsito también cuestan mucho dinero y provocan mucho dolor.
Si el Estado no prioriza la vida por sobre los intereses sectarios, las muertes en el tránsito seguirán siendo el riesgo elegido de las empresas y los choferes del transporte público y de carga.
(*) Directora de Investigación y Educación Vial - Luchemos por la Vida Asociación Civil
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